
Estaba escondida entre mis muchos libros, pero ignoro el motivo por el cual jamás la leí. Según consta en él, pues acostumbro a escribir en sus primeras páginas la fecha cuando los voy comprando, data la compra del 11 de mayo de 1952, se trata de la novela de Benito Pérez Galdós titulada “Fortunata y Jacinta”, y en estos días la estoy leyendo, y desde la primera página me resulta muy interesante. El lenguaje empleado por su autor, la forma de presentarnos sus secuencias, es agradable.
La obra se centra en el contraste entre las dos mujeres y el Madrid de la Restauración, y ha sido reconocida por su profunda psicología y lenguaje transparente. Los entendidos la consideran una obra maestra del realismo literario español, así como una de las mejores. Pérez Galdós la ambienta en el Madrid de finales del siglo XIX, y en ella nos narra el complejo triángulo amoroso entre Juanito Santa Cruz y dos mujeres de distintas clasers sociales, Jacinta, que pertenece a la burguesía de aquellos tiempos y Fortunata, una mujer humilde, muy bella y atractiva, pero poco afortunada en el saber, el lenguaje, el expresarse.
La novela explora la infidelidad, el deseo, la maternidad y la hipocresía social. Mientras Fortunata puede darle un hijo fuera del matrimonio a Santa Cruz, la maternidad le niega la oportunidad de parir a la rica Jacinta. La novela está muy bien desarrollada incluyendo la vida burguesa y los ambientes populares y bajos de aquella sociedad. Ha sido considerada una de las mejores novelas en español, a menudo comparada con La Regenta o el Quijote por su profundidad psicológica y alcance social. Fue llevada a la pequeña pantalla en una serie en 1980 dirigida por Mario Camus.
Y al margen de la historia de este triángulo amoroso, al que le falta añadir a Maxi, personaje con el que casa Fortunata sin amor ni apego alguno, y que son el centro de la misma, cabe decir, por su importancia, la acción social de la novela.
Transcurre la misma, con la precisión histórica que Galdós suele dar a su obra, entre diciembre de 1869 y abril de 1876. Partiendo del ambiente sociopolítico que han dejado los últimos días de la Revolución de 1868, van pasando por sus páginas el Reinado de Amadeo I, la Primera República, los golpes militares de los generales Pavía y Martínez Campos, y año y medio de Restauración, como telón tan significativo como cronológico.
En el plano social, la organización gremial se encuentra en proceso de desaparición, sustituida por un emergente cuarto estado de inspiración proletaria. Los obradores desaparecen y sus maestros y aprendices pasan a engrosar el grupo de los asalariados. El campo se vacía en un incontenible y creciente éxodo rural hacia la ciudad. En las estadísticas de la época, este nuevo grupo social recibe el título de «jornaleros» (trabajadores «a jornal» o por jornada de trabajo); la burguesía en el poder, con su lenguaje piadoso y eclesial los nombrará como «clases menesterosas» (dejando claro así que pertenecen a otra clase social y que están «necesitadas»); finalmente, los republicanos del momento los bautizan con una fórmula internacional como «clases trabajadoras»
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