DE PRESIDENTE, EXPRESIDENTES Y PRETENDIENTE
Publicado: 09 Jun 2026 23:50
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Supongo que a quienes no les gusta el fútbol, o el tenis, o cualquier otro deporte, se alegrará de que un español en los deportes individuales (Alcaraz por ejemplo) o un equipo español en los colectivos (El FC Barcelona femenino) alcance grandes triunfos y sean los primeros, porque, sin duda, algo nos toca, el poder sentirnos representados.
Pero en política cuando el expresidente Asnar salía al exterior, salvo en la locura de ir en busca de armas de destrucción masiva a Iraq, y que el presiente USA le dejara colocar los pies sobre la mesa de la sala oval, como concesión a su vasallaje de ser el bufón del imperio yanqui, no hemos visto otro presidente del Gobierno que suscite tanta admiración en Europa como Pedro Sánchez. No… no lo ha habido. De Rajoy, sin saber una sola palabra de inglés, ya me dirán; como si no estuviese en las reuniones. No pintaba nada.
Es verdad que Sánchez ha cometido “el error” de no gustar al imperialista Trump, y que éste parezca se la haya jurado, pues según se escucha por los mentideros políticos, muchas de las persecuciones políticas contra el presidente español nacen y se ordenan desde la Casa Blanca. Pero Sánchez, valiente y como debe ser un buen estadista, no mira nada más que hacia el bien de su nación, y si el yanqui intenta obligarle desde pagar ciertas cuotas a la OTAN, o que determinados productos españoles tengan un arancel alto al entrar en USA (cosa que ha resultado un fiasco para el prepotente Trump), no ceja en su empeño de hacer lo que le manda su rectitud y jurisprudencia. Mientras otros le lamían el c**o al yanqui (léase Asnar) o era elegido para representar un papel importante en la comedia bufa llamada “Transición” (léase Gonzalez), Sánchez se mantiene firme, y aunque esa rectitud no le sea reconocida por una oposición frustrada, torpe y malévola, capaz de jugar con la fruta, pues no sólo lo dijo la “Niña Diabólica” sino que también la utilizó el eterno pretendiente a la Moncloa, Feijóo, dando a entender no estar a la altura de un auténtico político ni un estadista.
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Supongo que a quienes no les gusta el fútbol, o el tenis, o cualquier otro deporte, se alegrará de que un español en los deportes individuales (Alcaraz por ejemplo) o un equipo español en los colectivos (El FC Barcelona femenino) alcance grandes triunfos y sean los primeros, porque, sin duda, algo nos toca, el poder sentirnos representados.
Pero en política cuando el expresidente Asnar salía al exterior, salvo en la locura de ir en busca de armas de destrucción masiva a Iraq, y que el presiente USA le dejara colocar los pies sobre la mesa de la sala oval, como concesión a su vasallaje de ser el bufón del imperio yanqui, no hemos visto otro presidente del Gobierno que suscite tanta admiración en Europa como Pedro Sánchez. No… no lo ha habido. De Rajoy, sin saber una sola palabra de inglés, ya me dirán; como si no estuviese en las reuniones. No pintaba nada.
Es verdad que Sánchez ha cometido “el error” de no gustar al imperialista Trump, y que éste parezca se la haya jurado, pues según se escucha por los mentideros políticos, muchas de las persecuciones políticas contra el presidente español nacen y se ordenan desde la Casa Blanca. Pero Sánchez, valiente y como debe ser un buen estadista, no mira nada más que hacia el bien de su nación, y si el yanqui intenta obligarle desde pagar ciertas cuotas a la OTAN, o que determinados productos españoles tengan un arancel alto al entrar en USA (cosa que ha resultado un fiasco para el prepotente Trump), no ceja en su empeño de hacer lo que le manda su rectitud y jurisprudencia. Mientras otros le lamían el c**o al yanqui (léase Asnar) o era elegido para representar un papel importante en la comedia bufa llamada “Transición” (léase Gonzalez), Sánchez se mantiene firme, y aunque esa rectitud no le sea reconocida por una oposición frustrada, torpe y malévola, capaz de jugar con la fruta, pues no sólo lo dijo la “Niña Diabólica” sino que también la utilizó el eterno pretendiente a la Moncloa, Feijóo, dando a entender no estar a la altura de un auténtico político ni un estadista.
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