EL NIÑO YUNTERO

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EL POSTIGUET
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EL NIÑO YUNTERO

Mensaje por EL POSTIGUET »

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El autor del siguiente poema, un hombre honesto, murió en una cárcel de Alacant porque el tirano Franco al considerarlo contrario a su régimen de maldad y odio lo dejó morir, estando muy enfermo, lejos de su familia, de su mujer y su hijo en 1942. Incluso siendo comunista el papa de Roma intentó interceder por él, pero el odio franquista no oía voces, salvo la suya cobarde y miserable que le salía de su retorcida alma.
Lean y juzguen la gran diferencia entre el autor, Miguel Hernández, y el verdugo que lo dejó morir alejado de los suyos. A mí, cada vez que lo leo, se me pone un nudo en la garganta, al pensar lo injusto que ha sido el mundo (y en algunas partes aún lo es) esclavizando a niños de corta edad.

EL NIÑO YUNTERO

Carne de yugo, ha nacido
más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.

Nace, como la herramienta,
a los golpes destinado,
de una tierra descontenta
y un insatisfecho arado.

Entre estiércol puro y vivo
de vacas, trae a la vida
un alma color de olivo
vieja ya y encallecida.

Empieza a vivir, y empieza
a morir de punta a punta
levantando la corteza
de su madre con la yunta.

Empieza a sentir, y siente
la vida como una guerra
y a dar fatigosamente
en los huesos de la tierra.

Contar sus años no sabe,
y ya sabe que el sudor
es una corona grave
de sal para el labrador.

Trabaja, y mientras trabaja
masculinamente serio,
se unge de lluvia y se alhaja
de carne de cementerio.

A fuerza de golpes, fuerte,
y a fuerza de sol, bruñido,
con una ambición de muerte
despedaza un pan reñido.

Cada nuevo día es
más raíz, menos criatura,
que escucha bajo sus pies
la voz de la sepultura.

Y como raíz se hunde
en la tierra lentamente
para que la tierra inunde
de paz y panes su frente.

Me duele este niño hambriento
como una grandiosa espina,
y su vivir ceniciento
revuelve mi alma de encina.

Lo veo arar los rastrojos,
y devorar un mendrugo,
y declarar con los ojos
que por qué es carne de yugo.

Me da su arado en el pecho,
y su vida en la garganta,
y sufro viendo el barbecho
tan grande bajo su planta.

¿Quién salvará a este chiquillo
menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?

Que salga del corazón
de los hombres jornaleros,
que antes de ser hombres son
y han sido niños yunteros.

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