Otra para hoy, más o menos siguiendo con la anterior...
Niñas y Barbies, Harlem, por Camilo José Vergara (1970)
Las Barbies de los 60, con pestañas auténticas (no pintadas), sombra de ojos, mirada de soslayo y boquita sensual (estética "Mod") fueron reemplazadas por una Barbie sonriente y de mirada franca, estilo California, a partir de 1971.
Y no se parecían en nada a niñas como las de la foto.
En casa nunca fueron de Barbies, pero creo que aún rondan por los armarios empotrados de casa de mis padres accesorios de las muñecas Barriguitas (las muñecas supervivientes hicieron mudanza). Y aún me sabe mal haber resbalado una vez y caído sobre una cuna a la que se le rompieron un pie y media barandilla, con lo que costaba tener juguetes en casa...
“Lo único que necesita el mal para triunfar es que los hombres buenos no hagan nada"-Edmund Burke
Corolario de Nowomowa: tampoco ayuda cuando los buenos son idiotas.
El "puñetero club" era el nombre que los hombres daban a un conjunto de mujeres, entre ellas la fotógrafa Alice Austen, que vivían a su aire y contradiciendo convenciones victorias, desde muestras de afecto hasta vestir de hombre o fumar y llevar faldas más cortas de lo común en la época; las fotografías de Alice Austen muestran la intimidad y vida privada de mujeres que se atrevían a ir en contra de las expectativas sociales y de género. Las mujeres de ese círculo no se casaron ni tuvieron hijos, y dedicaban su tiempo al arte y los deportes entre otras cosas.
“Lo único que necesita el mal para triunfar es que los hombres buenos no hagan nada"-Edmund Burke
Corolario de Nowomowa: tampoco ayuda cuando los buenos son idiotas.
Nowomowa escribió: ↑22 Abr 2026 23:48
Otra foto para hoy...
El "puñetero club", por Alice Austen, 1891
El "puñetero club" era el nombre que los hombres daban a un conjunto de mujeres, entre ellas la fotógrafa Alice Austen, que vivían a su aire y contradiciendo convenciones victorias, desde muestras de afecto hasta vestir de hombre o fumar y llevar faldas más cortas de lo común en la época; las fotografías de Alice Austen muestran la intimidad y vida privada de mujeres que se atrevían a ir en contra de las expectativas sociales y de género. Las mujeres de ese círculo no se casaron ni tuvieron hijos, y dedicaban su tiempo al arte y los deportes entre otras cosas.
Me ha recordado a este grupo de mujeres Bajo la Generación de la República (renombrada por Dámaso Alonso como ‘del 27’ para ajustarla a las directrices del dictador) no solo se aglutinan algunos de los nombres de mayor cuerpo lírico del XX (Salinas, García Lorca, Alberti, Cernuda, Aleixandre…) o los hijos prósperos de Momo, dios griego del humor, que viajaron a Hollywood para escribir guiones (Jardiel Poncela, Mihura, Neville, López Rubio, Tono).
También hubo un buen número de mujeres pintoras, escultoras, poetas, filósofas, juristas, feministas, actrices, escritoras, músicas que no pidieron permiso para ocupar el espacio público, lo tomaron por derecho
Hablamos de María Zambrano, Rosa Chacel, Josefina de la Torre, Ernestina de Charpourcín, María Blanchard, Remedios Varo, Ángeles Santos, Rosa García Ascot, Zenobia Campubrí, Concha Méndez, Carmen Conde, Marga Gil-Roësset o María Teresa León, entre otras. Las sinsombrero.
Una anécdota curiosa: La pintora Maruja Mallo contaba hasta la saciedad la anécdota, ya a su regreso a España, una vez superado ese miedo neurótico a que Franco la reconociese por la calle. Paseaban ella, García Lorca, Dalí y la también pintora Margarita Manso por la madrileña Puerta del Sol. Finales de la década de los veinte. Llevaban sombrero. Todo el mundo se enfundaba uno por aquel entonces. Era signo no solo de elegancia, también de clase. Pero los cuatro amigos decidieron seguir su paseo sin él. El cuadro causó tal estupor ante los transeúntes que éstos comenzaron a insultarlos, incluso a apedrearlos. Desde aquella anécdota, ir sin sombrero pasó a entenderse como un acto de modernidad, de transgresión. En ellos, algo menos (podían quitárselo en determinados espacios); en ellas, que debían llevarlo puesto incluso en el teatro, resultó una obscenidad.