Odiemos bien
No hay mayor defensa de la tolerancia que odiar al intolerante sin complejos ni caer en trampas relativistas
La mitad de la población española confiesa odiar a alguna persona o colectivo, dice un estudio de 40db para la Fundación Contexto y Acción, esta santa casa que celebra en Zaragoza unas jornadas internacionales bajo el título “Ideas contra el odio”. Y la primera idea que se me viene a la cabeza es que hay una mitad de la población que en la encuesta no reconoció odiar, lo cual no significa que no odie, sino que odiar tiene muy mala prensa últimamente. Es por culpa del mal uso. Una lástima. Como el colesterol, el odio bueno es sanísimo. Voy a la RAE para ver si me sitúo en la mitad que respondió afirmativamente y no me queda más remedio que, efectivamente, incluirme entre los odiadores: “antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea”. Si esa es la definición, voy bien cargado. Podría aburrirlos. Enciendo la televisión y odio al tipo con la cara tapada que, bajo las siglas ICE, va por las calles de Estados Unidos aterrorizando a niños de piel oscura. Miro a Gaza y odio con todas mis fuerzas el nivel de impunidad que maneja el genocida Netanyahu. Odio cuando un rico sin escrúpulos desahucia a una anciana para montar su piso turístico número 43 o cuando, en un bar, un cliente mira por encima del hombro al camarero tratándolo como si fuera un sirviente. La verdad es que la RAE me lo clava: es justo “antipatía y aversión” lo que siento hacia ese gilipollas “cuyo mal deseo”. Ojalá esté mala la ensaladilla.
Los discursos de odio contra el vulnerable se combaten odiando con todas nuestras fuerzas a esta industria repugnante
Odiar no es sólo algo natural, intrínseco al ser humano, es un deber moral en muchísimas ocasiones. La historia se construye gracias al odio contra los esclavistas, al odio contra el nazismo, al odio contra los machistas o los explotadores que defendían que el obrero debía echar 14 horas al día en la fábrica. El odio es un motor social necesario, una hormona que se activa y distribuye por nuestro organismo haciéndonos sentir rechazo hacia lo que está mal para así poder proteger lo que está bien. Toda la vida hemos odiado al tipo que, con su coche, atropella a una persona y en lugar de socorrerla, se da a la fuga. Hoy, a buena parte de la población le falla esa hormona. Están enfermos. Hace unos días, millones de indigentes morales defendían a los matones de Trump que en Minneapolis disparaban contra la cara de una madre desarmada. Justifican que esos matones no permitiesen que fuese atendida, socorrida. Atacaban a la madre. Zurda enferma mental, la llamó el periódico de Javier Negre, que anda por Estados Unidos haciendo méritos a ver si Trump un día le deja chuparle la suela del zapato. Al mismo tiempo estos enfermos odian al extranjero por serlo. Entre un enmascarado que se lía a tiros contra una madre y un niño de piel oscura, su odio se dirige contra el segundo. Es mi opinión y debes respetarla, dicen. Odian al homosexual, odian al extranjero, odian a la feminista, odian mal los muy desviados, convencidos de que lo suyo es pensamiento libre y no pura enfermedad.
Puede parecer contradictorio que alguien como yo, involucrado en un medio que organiza estos días unas jornadas contra el odio, defienda la utilidad del odio. Pero como el título de las jornadas pedía ideas, creo que la más potente es entender que el odio enfermo no se combate con pedagogía –jamás un puto nazi cambió de opinión al leer un ensayo–, sino con aversión, con rechazo, con odio del sano al fin y al cabo. Los discursos de odio contra el vulnerable se combaten odiando con todas nuestras fuerzas a esta industria repugnante. El primer paso para concienciar a la población sobre este problema es confiar en que será capaz de diferenciar lo que es odioso y lo que no. Hay que creer que la sociedad será capaz de odiar el relativismo moral sobre el que se construye la ultraderecha. Ese que nos dice que odiar al niño en patera y justificar a quien lanza bombas sobre niños es libertad de pensamiento. El otro día vi un vídeo en el que una policía explicaba que quienes habían asesinado a tiros a una madre no eran agentes de la ley, sino matones de Trump con la cara cubierta a los que habría que quitarles los pasamontañas y pasearlos esposados por las calles para que todo el mundo les viese el rostro a esos delincuentes. En sus palabras había toneladas de odio contra todo lo que se debe odiar en este momento: odio contra la impunidad, contra el matonismo, contra lo fascistas que son estos tipos. Había esperanza en esa imagen del ICE desfilando esposado por las calles. No hay mayor defensa de la tolerancia que odiar al intolerante sin complejos ni caer en trampas relativistas.
Si usted odia a un niño por ser negro, llámelo libertad de pensamiento, pero tiene todo mi desprecio. Si usted odia a un racista, tiene mi absoluto respeto. No es el odio. Es su buen y sano uso
https://ctxt.es/es/20260101/Firmas/5180 ... dacion.htm
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Odiar a lo racistas, fascistas, embusteros y machistas es lo mas sano del mundo, no te prives.